Buenos Aires, 26 de octubre 2007
 Actividades
 Premios
 Investigaciones
 Publicaciones
 Novedades
 Documentos y
 Declaraciones
 Convenios
 Enlaces
 Publicaciones de
.nuestros académicos
 
   
 



   

Discurso de incorporación del Dr. Héctor Alegria

 

Mis primeras palabras consisten en un sincero y profundo agradecimiento a la Academia Nacional de Ciencias de la Empresa y a sus prestigiosos integrantes por haber decidido mi incorporación, lo que me obliga aún más al entrar en este acto de la mano de personalidades como la de los doctores de Zavalía y Roca. Las palabras de este último, mi apreciado colega Eduardo A. Roca, deben entenderse en la dimensión de su relevante personalidad, nacidas de su generosidad y de su reconocida hombría de bien.
También, por supuesto es muy importante, aquellas cosas que uno piensa que a lo mejor no ocurren en su vida, y es ocupar un sitial como el de Carlos Pellegrini.
Yo creo que esto excede totalmente mis méritos. Aquí ya no soy humilde, es la realidad como decía el Dr. Roca, y lo único que puedo hacer es incentivarme a mejorar todo lo que pueda, tanto en mi estudio de las Ciencias, tanto en mi dedicación cuanto lo que Pellegrini mostró en su momento y yo trataré de imitarlo, que es en lo posible: algo de genio y mucho de transpiración.
Es especialmente significativo, para mi, que este acto se efectúe en la sede de la Universidad Argentina de la Empresa, institución ya señera y líder en su campo. Recuerdo con afecto que hace muchos años sugerí al Dr. Jacobo Wainer, que entonces dirigía la Universidad, la organización de cursos de Economía para Abogados y de Administración para Abogados. Wainer respondió de inmediato y, como era de esperar, me encargó esa organización, por lo que durante varios años me desempeñé en ese cometido, que a su vez fue pionero en esas especiales disciplinas. Quizá fue un preanuncio temprano de esta incorporación, claro que sin intencionalidad y antes de la creación de esta prestigiosa Academia. Ahora, afronto este desafío con mucha ilusión y con ánimo de trabajar para el engrandecimiento de la Institución, que será también el de nuestra Patria

.LA EMPRESA COMO VALOR Y EL SISTEMA JURÍDICO

I.-   PRESENTACIÓN. LA EMPRESA COMO VALOR Y LA VALORACIÓN ECONÓMICA DE LA EMPRESA.

Desde hace tiempo nos preocupa la estimación de la empresa como valor y su vinculación con el orden jurídico. Es así que en el IIIer. Congreso de Derecho Societario (Salta, 1982), presentamos con un colega una ponencia que titulamos “Sociedad y empresa: Teoría de la institución y teoría del valor”.
Desde ya necesitamos anticipar que no es objeto de esta exposición establecer el valor económico de la empresa, en el sentido de su valuación en términos monetarios. Esta estimación de la representación dineraria de un valor venal o patrimonial de la empresa, ha sido motivo de importantes estudios que reflejaron doctrinas y posiciones diversas. Por consecuencia tampoco analizaremos los métodos utilizados para tal fin, recordando solamente que el objetivo concreto buscado con una determinación de valor patrimonial puede ser también diferente, de lo cual se derivarán técnicas y resultados aplicables según cada destino. Así, se habla de un valor con fines de balance (sobre la base del cual se miden las participaciones de una sociedad en otra: valor patrimonial proporcional), un valor de empresa en marcha (going concern), de valores de reposición, de liquidación, de realización judicial (en caso concursal o de quiebra), etc.
Es interesante efectuar la precisión que hemos anticipado, pues muchos filósofos creen encontrar el comienzo incipiente de la moderna teoría del valor, e incluso de la filosofía de los valores, en un tópico de la economía, la teoría de los precios, que se generó a partir de las obras de Richard Cantillon, Adam Smith y David Ricardo, con amplio tratamiento posterior en la ciencia contemporánea.
Sin embargo, muchos autores remontan el origen de la apreciación del valor a los comienzos de la humanidad, pues vinculan la noción de valor con el bien y para tal fin reproducen incluso párrafos del Génesis, que se refieren metafóricamente al árbol de la ciencia del bien y del mal y al arrepentimiento de Caín, fundado en su conciencia del mal cometido. Esta es la reflexión, entre otros, del recordado Werner Goldschmidt.
Efectuadas estas precisiones, pasaremos al núcleo de nuestra exposición para referirnos, en primer lugar, a la filosofía de los valores (punto II) para después señalar cómo se refleja en la filosofía del derecho (punto III).
Hacia el final de esta disertación, veremos la dimensión social, política y humana de la empresa, de lo que seguramente se extraerá la conclusión de distintos ángulos y ópticas para la apreciación valorativa de la empresa y, por qué no decirlo desde ya, una estimación de una resultante de todas ellas que puede desembocar en descubrir un valor intrínseco y diferente al de sus componentes. Desde el ángulo jurídico analizaremos la recepción del valor empresa en el sistema del derecho, entendido como un todo armónico. Finalmente trataremos de resumir nuestras conclusiones.

II.- FILOSOFÍA DE LOS VALORES.

Para acercarnos al tema necesitamos transitar por un abordaje filosófico de la teoría de los valores, aunque con un desarrollo limitado, muy escueto y meramente indicativo. Las exposiciones sobre el punto han evolucionado de manera significativa, hasta concentrar la atención principal de una corriente la que se denominó precisamente “filosofía de los valores”, de gran vigor en la última parte del siglo XIX y primera mitad del siglo pasado.
Para repasar algunos de los aspectos que requieren de nuestro interés hoy, comenzaremos por identificar el debate relativo a la pregunta ¿Qué son los valores? (tal el título de un trabajo específico del pensador español Ortega y Gasset, de 1923 y un libro de Risieri Frondizi, de 1958, con posteriores ediciones, la última del 2004).
El primer interrogante dentro de este enunciado mayor, consistiría en saber si el valor es algo distinto del ser. Para desandar ese camino, nos podemos remontar hasta el famoso “mundo de las ideas”y al “mundo de la realidad”, distinto pero no contradictorio del anterior, desarrollados por Platón. De esa distinción surgían diferentes planos o grados del ser, que algunos interpretaron como un embrión de la posterior diferencia entre ser y valor. Esto fue cuestionado por su discípulo Aristóteles, pero retomado por San Agustín y los autores cristianos, sobre la base de un párrafo de una Epístola de San Pablo a Timoteo, que afirmaba que “todo lo creado por Dios es bueno” (aún cuando existan manifestaciones imperfectas de lo bueno, de ellas podemos inferir el bien superior). De allí que Santo Tomás se refiriera a la esencia y la existencia como principios creadores de los seres particulares. Después se afirmó que estas corrientes no distinguían el ser del valor, cuando, en realidad, a nuestro juicio, apreciaban que el valor estaba ínsito en el ser (aunque preferían llamarlo bien), lo que en cierto modo se reflejó en algunas corrientes modernas que apreciaron los valores como una cualidad del ser (Wieacker).
Posteriormente y ya pasada una época de una aguda visión antropocéntrica, de fuerte racionalismo, se llegó a “descubrir” la diferencia teórica entre ser y valor (Lotze), lo que abre toda una nueva interpretación sobre el concepto del valor.  Así, la esfera del ser se referiría al “funcionamiento mecanicista del universo”, que aprehendemos y describimos con nuestro conocimiento, y la esfera del valor, a la que accedemos por medio de una concepción moral, ética y religiosa de la vida.
Las investigaciones posteriores se alinearon en corrientes muy fuertes, que debaten sobre si el valor es algo que se conoce puramente a través de los hechos históricos (historicidad de los valores), del conocimiento intuitivo de la persona, o del conocimiento reflexivo o racional, orientado o no por un movimiento del espíritu vinculado al sentimiento. En consecuencia, surgen dos vertientes principales: la que se centra en una consideración subjetiva de los valores, que interpreta que éstos en definitiva se vinculan a una estimativa particular de cada individuo, a lo que algunos agregan un cierto grado de objetividad de acuerdo con la “conciencia social” (la que también sería relativa, pues dependería de su percepción por el individuo y de las circunstancias históricas, sociales y culturales que forman esa “conciencia”).
Por el contrario, refiriéndose ya a la “naturaleza de las cosas” o a las esencias inmanentes en la humanidad –para algunos espejo del Ser Superior–, otros estiman que los valores tienen una formulación objetiva y cognoscible por encima de su historicidad (superando realidades circunstanciales y episódicas y apreciando las constantes), para lo cual también será necesario neutralizar los efectos particularizantes de cada persona, del contexto territorial y temporal en el que vive y su mundo cultural.
Si esto último es posible también es objeto de debate. Algunos creen que esa generalización y captación de las esencias traspasa las barreras del conocimiento humano, mientras otros estiman que es posible, a través de distintas vías.
No terminan allí los problemas, desde que para tratar de contestar la pregunta los autores serpentean por caminos laterales que pueden llevar, a veces, a soluciones muy distantes. Así, algunos llegan a propiciar una “revolución de valores” y un cambio de todos ellos atento a la “pérdida de sentidos”, en una época (comienzo del siglo XX) en la que distintos acontecimientos históricos llevaron a la llamada “crisis de la modernidad” y a la “inversión de los valores”, como si fuera una verdadera revolución de los esclavos (Nietzsche).
Con el advenimiento de la fenomenología, se profundiza la afirmación de la diferencia entre el ser y el valor y se analiza la posibilidad establecer la entidad de cada uno. Un problema inmediato resultó identificar cuáles son los valores y, eventualmente, la jerarquía que ellos pudieran tener. Por un lado, se reconoció una pluralidad de valores y se afirmó que la jerarquía resultaba también de la naturaleza de las cosas, dentro del límite del conocimiento, mientras otros hablaban de un politeísmo de valores (Weber). Sobre el punto, recordamos que se habló de la antinomia de valores, a lo que se le contestó con una necesidad de equilibrio y racional gradación sobre la base de la polaridad y no de la antinomia confrontativa de valores (Henkel).
En un resumen podemos ahora extraer algunas conclusiones. Es claro que no pretendo terciar ante los grandes maestros que elaboraron tesis que son verdaderas cumbres y referencias insoslayables en los tópicos analizados. Solamente puedo señalar una toma de posición personal, desde la frecuencia de ramas puntuales de la ciencia del derecho, que resulta necesaria para apreciar lo que resta del trabajo. Así nos parece que los valores se nos muestran evidentes como fundantes de la vida social, dotados de suficiente objetividad como para que la comunidad los aprecie con sentidos unívocos. A su vez, estos valores pueden ser influidos por circunstancias cambiantes de la historia, las costumbres, y múltiples condicionantes naturales (clima, suelo, enfermedades) como por la acción del hombre (guerras, progreso tecnológico, acciones espirituales). Sin embargo, se ha afirmado con  razón que cuanto más alto es el grado de estimación de cada valor en su escala, mayor es su generalidad y su permanencia. De ello puede derivarse la existencia de valores últimos o superiores con la doble caracterización de su generalidad (aplicación  a la humanidad en general) y permanencia (perduración a través de los tiempos). Esto no desconoce la tendencia al progreso de las comunidades ni la diferente estimación de cada valor en  diversas épocas o regiones. Pero ello no niega sino que afirma –como se aprecia en la historia- el conocimiento y estimación de los valores superiores.

 

 

página 1 página 2 página 3 página 4



volver

 
  Chile 1180 - (C1098AAX)
Teléfono y fax: 4021-7803  |4000-7638
Buenos Aires, Capital Federal - Rep. Argentina