Buenos Aires, 26 de octubre 2007
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Discurso de incorporación del Ing. Álvaro C. Alsogaray

 

La palabra del Almirante Quihillalt ha tocado una cuerda muy sensible del recuerdo y francamente le agradezco que la haya pronunciado; en cuanto a las de Ovidio Giménez, son tan generosas que me cuesta reconocerme en ellas. No obstante, como sé que son sinceras, las acepto y las agradezco mucho.

Me toca ocupar el sitial que lleva el nombre ilustre de Carlos Pellegrini y como está indicado en este caso, tengo que hacer unas breves referencias sobre la personalidad del prócer cuyo nombre es el de este sitial.

Constituye un verdadero honor para mi incorporarme a la Academia Argentina de Ciencias de la Empresa ocupando el sitial que lleva el nombre ilustre del Dr. Carlos Pellegrini.

La figura de Pellegrini está tan firmemente incorporada a la lista de prohombres que construyeron la Argentina, que considero fuera de lugar extenderme en su panegírico. Me parece en cambio de gran importancia recordar su sobresaliente personalidad y su notable actuación en el intenso período vivido por el país a fines del siglo pasado y principios de éste, porque de ello pueden extraerse fundamentales enseñanzas aplicables a nuestras situación actual.

Hay además otra característica que lleva a adoptar ese criterio: la notable similitud entre los acontecimientos vividos en el país en torno a la crisis del 1890, y los que 100 años después nos condujeron al desastre nacional que culminó con el caos hiperinflacionario de 1989, cuya secuelas perduran todavía.

Pellegrini, vicepresidente de la República durante el mandato presidencial de Juárez Celman, debió hacerse cargo de la presidencia al producirse la renuncia de éste a raíz del movimiento revolucionario de 1890, que si bien fue derrotado militarmente, triunfó en el plano político forzando la citada renuncia.

La situación que vivía la Argentina en aquellos momentos era verdaderamente crítica, sobre todo en el ámbito financiero y sus derivaciones en el terreno político y social. Es asombrosa y aleccionadora la extraordinaria similitud entre aquellos acontecimientos y los que se precipitaron en 1989, que llevaron al Dr. Alfonsín a "resignar" (esta fue la palabra técnica elegida por el entonces Presidente) su cargo.

Hay otras sorprendentes analogías entre los problemas que debió enfrentar Pellegrini y los que sacudieron a nuestro país un siglo después. En particular uno de esos problemas se relaciona con el tema que trataremos hoy: El dilema de la ley de convertibilidad.

No es mi propósito hoy estudiar detalladamente esas similitudes sobre todo en sus aspectos técnicos. Lo que interesa es destacar los valores morales y los rasgos de la personalidad de Pellegrini, que le permitieron al país salir de la encrucijada a que había llegado y reiniciar su camino ascendente hacia una etapa brillante de extraordinario progreso. Tal vez nada define mejor la personalidad de Pellegrini que su calificación como "piloto de tormentas".

Las cualidades que se requieren para merecer esa denominación exceden los límites de los conocimientos técnicos, para entrar en el de las grandes realizaciones políticas y en particular en el de la economía política de entonces, que es muy distinta a la economía tecnocrática manejada por "expertos", que vino después.

Hay un aspecto fundamental de la gestión de Pellegrini que marca la elevación de su carácter y de sus principios morales: el tratamiento de la deuda de la Nación y principalmente de la deuda externa. En una entrevista concedida a un redactor del diario La Nación, el Presidente expresaba con referencia a ese tema que: "Se que dicen por ahí que el gobierno no tendrá como pagar los servicios de la deuda y que es mejor suspenderlos... Seríamos una nación sin crédito y sin honra. ¡Oh, eso hay que cuidarlo con toda religiosidad!. En eso estriba nuestra vida misma como nación. Si la República Argentina falta a sus compromisos, no se levantará en treinta años, y si pasa ahora su crisis con honor, crecerá su crédito mañana inmensamente. Usted sabe que conozco la opinión europea, por eso me esforzaré a atender ese servicio puntualmente, y si las rentas no alcanzaran para pagarlo, aunque no se pague la Administración, pediría autorización para vender los bienes de la Nación, y cuando no hubiese más, pondría la bandera de remate a la misma Casa de Gobierno. Por lo demás, antes de dejar de pagar ese servicio, dejaría de ser Presidente, sin más trámite. Entretanto, puedo asegurarle que no nos falta cómo hacerlo, por más difícil que sea nuestra situación".

Esa actitud no respondía simplemente al deseo de complacer a los acreedores, sino a la decisión de defender el honor de la Nación. En 1988 procedimos de distinta manera. A partir del 24 de abril de ese año dejamos de pagar las amortizaciones y hasta los intereses de la deuda y caímos en la categoría de insolventes. Es cierto que "los tiempos habían cambiado". Ya nadie hablaba del honor nacional, sino de la búsqueda de artificios y argumentos para repudiar la deuda y sumarnos a movimientos internacionales para efectivizar ese repudio. Fue necesario llegar al caos de 1989 para que se modificara ese estado de cosas. En su discurso inaugural del 8 de julio de 1989 ante la Asamblea Legislativa, el Presidente Menem incluyó un párrafo que decía: "La deuda externa argentina, imprudentemente contraída, impone hoy verdaderos sacrificios a la población, pero mi gobierno hará honor, plenamente, a los compromisos contraídos".

El Dr. Menem cumplió con esa promesa, aunque erróneos enfoques de la tecnocracia nos hicieron perder la notable oportunidad que teníamos entonces para reducir substancialmente la deuda externa. Salvo ese traspié, el problema a mediano plazo fue resuelto y hoy la Argentina es un país solvente que cuenta con un amplio crédito en el exterior, el cual nos proporciona el tiempo necesario para resolver la nueva crisis que actualmente estamos viviendo.

Pero, repito, lo importante no es comparar una a una las distintas situaciones existentes en 1890 y en la actualidad lo que, por otra parte, exigiría tomar en consideración las muy distintas circunstancias propias de cada uno de los términos de esa comparación.

Lo que interesa examinar son las actitudes de los líderes políticos de ambas épocas, los criterios con que se examinaban y se examinan los diversos problemas, y el enfoque moral en que se apoyan las soluciones. A esos efectos la figura de Pellegrini debería ser vista por la actual generación como un verdadero paradigma.

La inmensa tarea de reconstrucción emprendida por Pellegrini no se llevó a cabo fácilmente. Aparte de la complejidad de la situación heredada, Pellegrini debió soportar una permanente hostilidad política, que en aquella época incluía la amenaza de los golpes militares.

Esa destructiva oposición fue sostenida por un nuevo agrupamiento político surgido durante las luchas contra Juárez Celman: la Unión Cívica. Esta, con sus dos más conspicuos líderes -Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen- no se resignaba a su derrota militar en la revolución de 1890 y no cesó de combatir políticamente al Presidente, con la siempre latente amenaza del golpe militar. Señalaba Pellegrini al respecto: "Me he recibido de un montón de escombros en todos los ramos de la Administración, y en política un movimiento de opinión que sacude toda la República, un poco caótico, pues, bajo esta denominación de "Unión Cívica", están encubiertas todas las tendencias, todas las aspiraciones y todas las ambiciones. Poner en orden todo esto, contener a los que quieren derribarlo todo y empujar a los que quisieran conservarlo, buscar el cambio de tendencias en cada situación sin consentir en movimientos anárquicos, es una tarea que es posible gracias al concurso que me ofrece, con toda decisión, el elemento conservador y sano en todas partes, pero que me voltea rendido cada noche, en que me acuesto rumiando el problema del día siguiente. ¿Llegaremos a la orilla? Creo que sí..."

A esta altura permítaseme una referencia de carácter personal. Salvando las distancias, me ha tocado vivir situaciones parecidas a las descriptas. En 1959, en medio de una profunda crisis el Dr. Frondizi me ofreció el cargo de Ministro de Economía y Ministro de Trabajo, con plenos poderes para enfrentar el desorden imperante. Me angustiaba la urgencia con que se precipitaban los acontecimientos y el limitado tiempo disponible, dada la resistencia política y la impaciencia del público. Necesitaba tiempo para actuar, y para obtenerlo me dirigí por televisión a la opinión pública y expuse ante ella la situación, pidiendo apoyo. Dije entonces: "hay que pasar el invierno", como una manera sintética de lograr un compás de espera. El arbitrio fue eficaz y en menos de dos años la crisis quedó resuelta y a aquella expresión todavía hoy se la recuerda. El ejemplo de Pellegrini como "piloto de tormentas", que bien conocía, fue para mi una guía y un aliciente ante la dura tarea que tenía por delante. Nunca olvidaré ese apoyo invisible en circunstancias en buena medida dramáticas.
Esta es la semblanza que brevemente quise hacer sobre el Dr. Carlos Pellegrini, que, repito, significa para mí un honor ocupar el sitial que lleva su nombre.

El tema que nos reúne hoy es de excepcional importancia; la ley de convertibilidad juega un papel decisivo a esta altura del programa de transformación que se está cumpliendo en el país. Si bien -como veremos enseguida- se trata de una medida instrumental y no de uno de los fundamentos del programa citado, su influencia sobre éste es tan grande, que bien puede decirse que la marcha depende de las decisiones que se tomen acerca de esa ley.

Este tema permaneció más o menos oculto durante los últimos años, pero recientemente ha comenzado a debatirse ante la opinión pública y sin duda ese debate ha de intensificarse en un futuro próximo. Personalmente hablé de este problema con el Presidente de la república hace más de tres años y también con el Dr. Cavallo, pero la opinión en esa época era que no convenía tratar públicamente el tema, ante el peligro de que se produjeran importantes perturbaciones monetarias y financieras. En realidad se trataba de evitar una corrida hacia el dólar, que aparecía como un fantasma en el caso que se hablara simplemente de modificar esta ley.


 

 

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