Buenos Aires, 26 de octubre 2007
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Discurso de incorporación del Dr. Arnaldo T. Musich

 

Señor Presidente de la Academia Nacional de Ciencias de la Empresa,
Señores Académicos Titulares de dicha Academia,
Señores Empresarios,
Señoras y Señores

A poco que comience mi incorporación a la Academia Nacional de Ciencias de la Empresa, tendrán Ustedes la evidencia de que no solo me honra profundamente ingresar a tan distinguida institución sino que, además, el llamado a asociarme a su loable cometido me ha sumergido en recuerdos conmovedores protagonizados por personalidades que tanto influyeron en mi larga vida.

Como no emocionarme al recordar la invitación que me extendiera don Jacobo Wainer al fin de la década de los años ’60 para transmitir al alumnado de la joven UADE la experiencia que recogí durante la presidencia del doctor Arturo Frondizi, en las negociaciones con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, el Acuerdo General sobre Comercio y Producción (GATT), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (O.E.C.D.), el llamado Club de Paris, la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), y la formulación de los estatutos del Banco Interamericano de Desarrollo junto a representantes de los demás países miembros.

Como no emocionarme al ingresar a esta Academia para ocupar el sitial nada menos que del ingeniero Agustín Rocca, fundador de TECHINT -organización técnico - industrial que se formó mediante unidades de ingeniería y construcción y una fábrica productora de tubos de acero - al final de la primera mitad del siglo pasado.

Conocí al titular del sitial, el ingeniero Rocca, a instancias del Presidente Frondizi en 1959. Todos recordamos que el desarrollo de la industria básica -ó industria pesada, como se la acostumbraba a denominar- fue uno de los pilares de la política económica del mencionado presidente. El ingeniero Rocca aportaba al país en ese momento, todos los conocimientos técnicos y componentes empresariales acumulados en su inigualable experiencia de reorganizador de la fábrica de tubos Dalmine, ubicada en la localidad del mismo nombre en el distrito de Bergamo, en el norte de Italia, y su relevante aporte a la erección de la planta siderúrgica de Cornigliano, primera planta europea construida deliberadamente a las orillas del mar, en el Golfo de Génova, en un país carente de hierro y carbón, emplazamiento deliberadamente elegido con el objeto de abastecerse de dichos insumos en ultramar, allí donde resultare más ventajoso, liberándose de la atadura impuesta hasta ese entonces a las plantas europeas construidas en la adyacencia de las minas de mineral de hierro y de carbón.

Se recordará que el doctor Frondizi fue confinado a la isla de Martín García, primero, y a un hotel en la provincia de Neuquén, después; y que, asimismo, algunos de sus colaboradores fuimos encarcelados sin proceso judicial alguno. Entre ellos se encontraba quien les habla, el cual, excarcelado como respuesta al “habeas corpus” interpuesto por el profesor, distinguido economista y miembro de esta Academia, el doctor Julio Olivera, a condición de expatriarse siempre que no se tratara de un país limítrofe, recibió hallándose en Washington, D.C., una invitación a incorporarse a la Organización TECHINT, ofrecimiento que de inmediato fue aceptado con profundo agradecimiento, y que, con iguales sentimientos, continuó por fortuna hasta el presente, como un soldado más, con su hijo el ingeniero Roberto Rocca, responsable del formidable desarrollo nacional e internacional del Grupo, y con los hijos de este último Agustín Octavio Francisco Rocca, trágicamente desaparecido, Paolo Rocca, actual presidente ejecutivo de la Organización, y Gianfelice Rocca a cargo de las actividades europeas del Grupo.

Permítaseme, ahora, compartir breves comentarios sobre la crisis argentina :
En mi sincera opinión existe aún una oportunidad para reinsertar la Argentina en el mundo, vencer sus actuales dificultades y reconstruir un porvenir venturoso para todos sus hijos, sin excepción. Permítaseme referirme a la Argentina competitiva, primero, y a la Argentina no-competitiva, a continuación.

(a)   LA ARGENTINA COMPETITIVA. En los últimos 10 a 15 años el sector privado argentino hizo un esfuerzo formidable de adaptación al cambio, tanto de las condiciones domésticas como del contexto mundial. Ese esfuerzo se tradujo en un salto sin igual de la inversión (cuyo incremento llegó a superar varios años el 30% del PBI) y de la productividad. Logramos así reemplazar tecnología vieja que nos acompañaba por décadas, por cosechas tecnológicas mucho más recientes. En muchos campos, como en el de las comunicaciones, llegamos a estar a la vanguardia por el mero hecho de reemplazar casi todo el equipo existente por tecnologías de última generación.

Esa mejora de la inversión y la productividad se manifestó en algunas cosas bien palpables : la producción agraria y de combustibles dio un salto del 55%, la telefonía se multiplicó por 4, se inició una era diferente en materia de minería, no solo en petróleo y gas natural sino también en la minería metálica, y en forestación, y prácticamente todo el sector manufacturero se vio sacudido por un salto de productividad que creció a una tasa de casi 10% anual en toda la década pasada.

No hubo milagro, sino respuesta de la sociedad a un nuevo marco de reglas de mercado. Esas reglas impulsaron el crecimiento del ahorro institucional, el ingreso de capitales de riesgo y la inversión en sectores que hasta entonces habían quedado marginados. Tuvimos bastante suerte en términos internacionales, ya que los precios de nuestros productos mejoraron en los años ’90. Pero no fue mayor suerte que la de otros países, y además estamos muy lejos de los precios que regían 20 años atrás. En cualquier caso, además de suerte, la Argentina se reorganizó en términos de sus instituciones básicas y la comunidad respondió con confianza, incorporando capitales y logrando el mayor crecimiento promedio anual de toda una década alcanzado en todo el siglo XX.

(b)   LA ARGENTINA NO COMPETITIVA. Hubo sin embargo algo más. Tuvimos un sector público que aprovechó la expansión anteriormente mencionada y también decidió expandirse. Pero a diferencia del sector privado, el sector público apenas si introdujo pequeños cambios en su funcionamiento. Su productividad se mantuvo –a diferencia de la economía privada- en niveles extremadamente bajos. Hoy el empleo público no empresario (es decir excluyendo empresas públicas) está en el mismo nivel que en el año 1990 (poco más de 1.8 millones de agentes). Es difícil encontrar una sola empresa privada que hoy produzca lo mismo que hace diez años, y tenga el mismo nivel de empleo. Pero ese no fue el único “pecado” público : tentado por los mayores recursos, desde fines de los ’90 el salario promedio de los empleados públicos se encuentra poco más de 50% por arriba del ingreso medio de los trabajadores en el sector privado. Diez años atrás, los empleados públicos estaban apenas 10% por encima de los trabajadores privados.

Este comportamiento del sector público no fue gratuito. Cuando las cosas se complicaron en los últimos años, el Estado –en lugar de ajustarse- trasladó sus problemas al sector privado. Primero se financió en el mercado externo (lo que complicaba a las firmas locales que querían financiarse afuera). Luego se financió en el mercado doméstico, con lo que complicó a todos los particulares y empresas que querían financiarse domésticamente. Finalmente, cuando ya no había tasa de interés que fuera suficiente para seducir a los ahorristas, simplemente se apropió de los fondos previsionales, de los fondos en compañías de seguros, y de los encajes y fondos bancarios. Quien no había hecho prácticamente ningún esfuerzo en toda la década, le pasaba la factura del ajuste al sector privado.

(c)   LA ENCRUCIJADA EN EL 2002. Luego de violar los derechos de propiedad, como consecuencia de la cesación de pagos unilateral del Estado nacional y sus bancos, que se trasladó al resto de la sociedad, uno se pregunta si es posible el camino de recuperar la confianza o si nos precipitaremos al medioevo.

La respuesta profesional a esta cuestión, tanto en lo económico como en términos de nuestros antecedentes políticos, sociales y culturales, es que la Argentina tiene sin duda un camino posible de rápida recuperación y crecimiento. Es el que surge de restablecer el funcionamiento de las reglas jurídicas y económicas que permiten operar a todos los estados modernos del mundo.
Esto va –por supuesto- mucho más allá del acuerdo que trabajosamente el Gobierno hoy negocia con el Fondo Monetario Internacional, pero el camino para recuperar la confianza requiere de hechos cotidianos que afirmen el compromiso de que la Argentina quiere genuinamente “estar en el mundo”. En este sentido, no poder siquiera acordar con los organismos internacionales, sería una clara prueba de que nos inclinamos por el aislamiento y la decadencia.

(d)   CONCLUSIÓN. Quizás hoy estemos bastante lejos de plantear metas ambiciosas : todas las propuestas enfocan el muy corto plazo y la estrategia de “minimizar los conflictos”. Pero la Argentina hizo a través de su sector privado un enorme esfuerzo en todos estos años, que puede y vale la pena aprovechar. Necesitamos restablecer reglas básicas de disciplina económica y respeto a la ley, que deben mantenerse a lo largo del tiempo. Está a nuestro alcance salir adelante si miramos un poco más allá del cortísimo plazo en que nosotros mismos nos encerramos. Y tenemos la obligación de hacerlo, encarando todas las reformas que sean necesarias, si somos consistentes con el objetivo de procurar aquellas políticas que aseguren el crecimiento y persigan el mayor bienestar de toda nuestra población.

Tal vez convenga recordar antes de terminar que los ciclos de la economía argentina se han ido repitiendo con sorpresiva semejanza a lo largo de nuestra historia. En sus escritos póstumos Juan Bautista Alberdi efectuaba un examen de los problemas que conducían a la Argentina, y a Sudamérica en general, a pasar cada tanto por serios, repetidos y similares conflictos económicos cíclicos. Muchas de las reflexiones de Alberdi (década de 1870), bien podrían ser aplicadas al análisis de las crisis cíclicas de nuestro tiempo. José A. Terry, en 1893; y Raúl Prebisch en sus años jóvenes, también se acercaban a los problemas cíclicos del país con reflexiones muy semejantes, entre sí y con las que realizara antes Alberdi. A estos ejemplos, habría que agregarles una amplísima bibliografía posterior que confirmaría la sensación generalizada de que las crisis económicas del país perecen girar siempre alrededor de algunos temas y problemas repetidos. Cabría entonces preguntarse: ¿Cuál es el problema de aprendizaje, cuál es el problema de adecuada y asimilable información que nos conduce una y otra vez a caer en las penosas situaciones de crisis que ya hemos experimentado y que estamos experimentando una vez más?. ¿Se trata de un problema cultural ó de un problema de educación lo que nos impide captar cuales serán los resultados finales de algunas decisiones de política económica que siempre tienden a arrastrarnos, en remolinos, a los abismos desagradables de las crisis económico-sociales?. ¿Cuántos padecimientos más hacen falta para que aprendamos de una vez por todas?.

Una forma de acercarse al examen de los por qué se repiten los conflictos que hoy nos afectan es la de distinguir los factores “exógenos” (relacionados con el mundo exterior) y los factores “endógenos” (relacionados con las políticas económicas, presiones sociales y conducta económica local, en general). Los factores “exogenos” requieren ciertamente grandes dosis de información, profunda y apropiada, y de capacidad estratégica. Los factores “endógenos” están relacionados con la capacidad de política-económica de los países para enfrentar con seriedad los conflictos que, originados internamente, requieren respuestas éticas (sin corrupción) y medidas fiscales, monetarias, cambiarias, productivas, responsables, eficientes y no facilistas (no responder a cada demanda imprimiendo nuevas y múltiples versiones de “patacones”, por ejemplo).

 

 

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