Buenos Aires, 26 de octubre 2007
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Discurso de incorporación del Dr. Jorge E. Rivarola

 

Sr. Presidente de la Academia Nacional de Ciencias de la Empresa,
Dr. Eduardo de Zavalía;
Sres. Académicos; Amigos:
Esta exposición se divide en dos tramos. El primero se llama El Ingeniero; ahora van a saber por qué. Luego me referiré al tema elegido: "Ayer y mañana de la Constitución Nacional".

I El INGENIERO

En 1987 quien les habla era el editor responsable de INFORMACION EMPRESARIA, órgano de la CSA cuya presidencia ejercía entonces. Y pienso que en esta oportunidad, al ser distinguido con la designación para ocupar en esta casa el sitial que lleva su nombre, nada mejor que rememorar aquella columna que con el título de EL INGENIERO constituyó un humilde homenaje a un puntal de la industria de capitales privados argentinos, fruto de un visionario que jamás sintió flaquear la fe en su país y cuya trayectoria sembró los ejemplos que sirvieron de inspiración a quienes le siguieron.
Comenzaba diciendo: “Para quién tuvo el privilegio de pertenecer durante un cuarto de siglo a una empresa argentina de la envergadura de ACINDAR, ha de comprenderse que le emocione albergar en las columnas de la revista de cuya edición es responsable, la semblanza de su fundador, con motivo del cuadragésimo quinto aniversario de su creación”.
Acompañé al Ingeniero Arturo Acevedo en el último tramo de su larga y fecunda vida. Para todos nosotros era “ el ingeniero ” a secas. Su porte de gran estatura y la profundidad de sus penetrantes ojos claros imponían un singular respeto que, sin embargo, convivía con la simpatía de su atrayente personalidad.
Un día llegó a la compañía una citación judicial para absolver posiciones en un juicio de poca importancia, una aventura judicial. En esa época, el Presidente de la empresa debía cumplir necesariamente con esa función en los Tribunales y el demandante confiaba en obtener ventajas de esa circunstancia. Tuve que informar al Ingeniero – no sin cierto temor – de la situación y de sus detalles, distrayendo su atención cuando estaba abocado a serios problemas de la empresa. Ante mi sorpresa, sus ojos brillaron, dibujó una sonrisa y se frotó las manos anticipando un triunfo que se concretó poco después.
A la hora precisa nos encontramos en el Tribunal. Pese a la promesa del Secretario de ahorrarle demoras, los problemas de una audiencia anterior lo impidieron, lo que hizo que el funcionario nos pidiera disculpas y nos anunciara una hora de demora. Mientras yo intentaba disculparme, el Ingeniero me tranquilizó, se sentó de espaldas al balcón del pasillo y aprovechó para contarme la historia de ACINDAR desde su nacimiento, sin omitir detalle. Así se internaron en mi memoria los dolores del alumbramiento y los episodios en que se mezclaban la audacia, el riesgo, el sentido de la oportunidad, la intuición genial y la confianza en sí mismo y sus colaboradores. Pero, sobre todas las cosas, la tenacidad, la voluntad de hierro para perseguir y lograr uno tras otro los objetivos que en una cadena ininterrumpida debía llevar a la integración del proceso productivo, para nutrir a las plantas con su propio semielaborado y romper así la dependencia de la empresa estatal o de su importación.
Con tono calmo, sin una sola vacilación, el ingeniero me había trasmitido el calor de ese fuego sagrado del que tan pocos están dotados y, como sólo él sabía hacerlo, me había contagiado para siempre el entusiasmo, sí, ese entusiasmo que era el clima creado por él para impregnar la iniciativa hasta transformarla en epopeya.
Con el mismo impulso creador en la fundación de Acindar –secundado principalmente por los Ingenieros Aguirre y Aragón– a medida que la empresa se consolidaba, nacían otras vinculadas también a su objeto principal: Acinfer Industria Argentina de Fundiciones de Hierro y Acero S.A., en 1955, de la que Acindar tenía el 61% de las acciones, que en principio proveería ruedas de hierro fundido para ferrocarriles y que se transformó en proveedora de motores y otras piezas fundidas para las fábricas de automotores y tractores que se estaban instalando en el país, como IKA Industrias Kaiser Argentina y FIAT Concord.
Más tarde, asociada con The BUDD Company de los Estados Unidos, creó ARMETAL para fabricar chasis, discos de freno y cajas para pickups, entre otras piezas para la industria de autos y camiones.
Otra Compañía fue la productora de caños de PVC y polietileno –única no vinculada con la siderurgia pero emparentada con ella funcionalmente– y luego INDAPE, destinada a la fabricación de chapas de acero al silicio y de alto carbono.
Aún más; a principios de la década del 60 y asociada con la DEUTSCHE EDELSTARWERKE A.G., del Grupo Thyssen, se formó MARATHON Argentina S.A., cuya planta se instaló en Villa Constitución, Provincia de Santa Fe, vecina a la Planta Nº 2 de Acindar, que hoy lleva el nombre del Ingeniero Arturo Acevedo. Posteriormente, cuando se produjo la fusión de Gurmendi y Santa Rosa con Acindar, Marathon, que ya era de propiedad exclusiva de Acindar pasó a ser su división de aceros especiales.
La prioridad fue dada al proyecto de integración vertical mediante la técnica –entonces muy novedosa– de la reducción directa de mineral de hierro, que había de sustituir al alto horno, con ventajas en la menor inversión necesaria para producir, menores costos y mayor productividad.
Estos emprendimientos, de los que hoy apenas hemos dado la pincelada del recuerdo, son los que hicieron del Ingeniero Acevedo un personaje inolvidable.
El Ingeniero murió sin ver concretado su sueño. Pero el vigor colosal de su emprendimiento, enraizado en sus dos hijos varones generó el fruto y su sueño fue cumplido, para orgullo de todos los argentinos.
Vuestra generosidad, amable oyente me ha permitido rendir homenaje al creador de ACINDAR, un pionero cuya figura se agranda con el tiempo porque se continúa en su obra, sólida como el acero que él amó.
El Ingeniero Arturo Acevedo perteneció a esa generación de héroes civiles, de cuya historia, en alguna medida, nos privó la que se imponía por inercia: la de las batallas, los triunfos y las derrotas militares.
Esta Academia, entre otros fines, está destinada a rescatarlos del olvido para que constituyan figuras ejemplares, inspiradoras del salvataje de los valores cuya subsistencia en la comunidad se ve hoy –más que nunca– amenazada por la sordidez, la mediocridad, la vulgaridad, cuando no por la soberbia de los ignorantes o la indiferencia de los poderosos. Estos son tiempos duros para quienes nos hemos formado en un mundo, nunca perfecto, pero en el que el respeto intelectual y la convivencia con quienes sostuvieran distintas ideas a las nuestras, las aprendíamos en los buenos colegios pero, más que todo, en la sobremesa de nuestros hogares. A esa pléyade pertenecían el Ingeniero Acevedo y quienes pueblan los sitiales que los señores académicos representan. Y la Academia les debe a unos y otros un permanente homenaje porque solo con la enseñanza de sus vidas y de sus obras podemos acariciar la esperanza de un futuro mejor para nuestro país y  para sus ciudadanos.
El Ing. Ricardo Pujals, a quien sucedo en este sitial, vivió consagrado a la empresa siderúrgica de la que fue Director durante treinta años. Era la mano derecha de Arturo Acevedo y, junto a él, pasó por todos los buenos y malos momentos que jalonaron su desarrollo. Su carácter afable y por momentos chispeante transformaba en verdadero placer trabajar con él. Además, era un magnífico compañero de viaje, cosa que tuve el honor de experimentar personalmente, en pleno invierno europeo y en una misión que pudo ser antipática y resultó – para mí – una enseñanza inolvidable. Porque Ricardo era un gran negociador. Sabía escuchar y esperar el momento oportuno para terciar con propuestas inteligentes, siempre orientadas a lograr soluciones amigables y no derrotas del adversario que solo procuran victorias pírricas.
Suceder a Pujals, pues, no hace sino profundizar el compromiso que significa pertenecer a esta Academia, sin abrigar ninguna pretensión de emularlo.

II AYER Y MAÑANA DE LA CONSTITUCIÓN NACIONAL

El empresario invierte capital propio o capta capitales de terceros para la empresa que dirige y asume la responsabilidad general de la actividad de ella en el concierto de la comunidad en que ésta se desarrolla.
En la sociedad moderna, o a través de complejos mecanismos de concertación, conjuga la fuerza del trabajo y entiende, como última instancia dentro de la compañía, en los posibles conflictos que enfrenta la dirección de ésta con el poder creciente de los sindicatos. Además, transpuestos los límites de la empresa debe hacerse cargo de los problemas de todo orden que genera su relación con los poderes públicos, en todos los niveles, y ha de poner especial cuidado en la responsabilidad tributaria de la compañía ante el impuesto que percute en la base de su actividad productiva con tal gravitación que de su tratamiento dependerá, muchas veces, el éxito o el fracaso del negocio.
Esta aventura cotidiana del capitalismo se asienta en tres bases principales: el protagonismo de la iniciativa privada, la seguridad jurídica que permita poseer la certeza de que en manos de los jueces está la responsabilidad de contener los embates del Estado o de los terceros cuando uno u otros pretendan con sus atropellos imponer por la fuerza su voluntad contraria a la regla del derecho, la famosa “ rule of law ” que constituye la fundamentación de la convivencia civilizada; y, por último, la garantía del orden como límite de contención asegurado por la autoridad, sin incurrir en autoritarismos.
Con esas o con otras palabras que ustedes prefieran, se compone la fórmula del auténtico liberalismo cuya defensa estamos obligados a encarnar, sin dudas y sin desmayos, precisamente ahora que, por razones que todos conocemos, comienza a despuntar nuevamente el estatismo, torpe y miope como siempre pero con apetitos más desenfrenados. ¿ Volveremos a los tiempos que tanto costó superar?. ¿ Volveremos a ver nuevas empresas estatales, habitual refugio de sujetos designados más por amiguismo o subalternos fines electorales que por un mínimo de cualidades personales que satisfagan la necesaria idoneidad?.
Hace muy pocos días perdimos al Ing. Alvaro Alsogaray – miembro de esta Academia – luchador infatigable en la cruzada liberal que nunca abandonó. En sus exequias, nuestro Presidente, el Dr. Eduardo de Zavalía, con envidiable precisión y poder de síntesis pronunció esta frase: “ Fue el hombre que le sacó la venda de los ojos a los argentinos ”. Añado: cualquier esfuerzo será poco para impedir que vuelvan a vendarlos.
Me preocupa fundamentalmente la juventud porque no vivió aquellas épocas de irracionalidad y oscurantismo, con su secuela de parálisis y decadencia que nuevamente asoma en el horizonte.
Hoy, al sentido común se le llama “ conservadurismo ” y a las tendencias izquierdizantes, “ progresismo ”. Esa confusión babélica no es casual. Es deliberada. Son globos de ensayos que se lanzan con la evidente intención de ir calando en las mentes de quienes, huérfanos de principios, de información y de conocimientos, constituyen presas fáciles de logreros y aventureros. Hay en todo ello un ingrediente de cinismo e hipocresía, con el que se enmascara el real objetivo que se persigue, no otro que el ejercicio del poder, aún cuando el precio de esa conquista sea alto, demasiado alto y signifique en definitiva un salto enorme hacia atrás desandando el camino del crecimiento material y moral, anulando el rescate de los valores tracendentes mediante la astucia y, cuando ella no basta, con la prepotencia y la dominación.
Un fino y celebrado mimo de nuestro medio, exhibe como particularísima característica, haber “ creado ” un lenguaje, un idioma en el que los términos carecen de significado alguno. El no tiene problemas de idioma. Su comunicación con el público la logra a través de dos mecanismos: el gesto, el visaje ( un maestro de la expresión, sin duda ) y el acento con que los sonidos se pronuncian, mediante los cuales es instantáneo el reconocimiento de un profesor en matemáticas, de un rumano, de un político, de una americana media, de un italiano exuberante.

 

 

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