Buenos Aires, 26 de octubre 2007
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Discurso de incorporación del Dr. Santiago Tomás Soldati

 

Agradezco profundamente a la Academia Argentina de Ciencias de la Li opresa el haberme designado entre sus distinguidos miembros, para ocupar el sitial instituido en nombre de mi propio padre. Francisco Agustín Soldati.

En forma especial agradezco a los académicos Dr. César Marzagalli, Dr. Ovidio Giménez, Dr. Eduardo de Zavalía y Dr. Carlos Tacchi, que fueron quienes propusieron mi nominación.
No puedo ocultar que en este momento me embargan una mezcla de sensaciones. Estoy emocionado por la evocación a mi padre, aquí, junto a mis hermanos, familiares, amigos y colegas, y me siento, naturalmente, muy honrado por esta designación.

Parecería un lugar común, pero no sería justo si no empezara estas palabras diciendo que mi padre fue un jefe de familia ejemplar. Y que el hogar que constituyó con mi madre, Elvira Láinez, estuvo basado en el amor, la solidaridad y la austeridad, en la que crecimos sus cinco hijos. Francisco Agustín Soldati ejerció una fuerte influencia en el destino de nuestra familia, la cual se ha prolongado en el tiempo mucho más allá del día en el que nos dejó. víctima de los irracionales desencuentros que se vivieron en nuestro país en los años setenta y ochenta que felizmente ya están en el pasado
Mi padre fue un armador de emprendimientos empresarios en los que ponía a prueba su gran capacidad para movilizar y motivar a quienes lo rodeaban.

Esa característica suya posibilitó que tras su muy sentida ausencia, no se malograra la continuidad de su impulso creador y la semilla del crecimiento permaneciera en todos los que recibimos su influencia.

Francisco Agustín Soldati fue un hombre de  vivencia y prédica de principios éticos sociales, que transmitía de modo permanente a quienes lo rodeaban.

Sus formulaciones eran muy simples y las expresaba más bien como recompensas a las que aspiraba, en consonancia con el progreso de las empresas que él administraba: crecer para dar más trabajo, proteger a la familia, destinar recursos a causas nobles.

Su actuación empresaria, distinguida por estos rasgos mereció y aun merece el reconocimiento de quienes compartieron con él y de quienes lo sucedieron.

Voy a traer como ejemplo de ese reconocimiento las palabras pronunciadas por un dirigente sindical, al recordarlo un año después de su muere.

En aquellas horas en las que la violencia enlutaba al país, aquel dirigente señaló que no era usual que los trabajadores se acercaran a rendir homenaje póstumo a un gran dirigente empresario, “pero tampoco es usual en nuestro tiempo –dijo- que un empresario distinguido por sus pares como un arquetipo de su clase haya dado el ejemplo de que la eficiencia no está reñida con la sensibilidad social y humana más alta’’.

Hoy el rol del empresario innovador, en un mundo globalizado, adquiere dimensiones distintas, sin que esto signifique abandonar esa sensibilidad social y humana. Este universo nos abre horizontes nuevos e infinitos y potencia nuestra imaginación y audacia, pero también nos preocupa por lo desconocido y por la fuerte competencia que lo caracteriza.

Nuestro país se está incorporando a ese universo y los primeros síntomas que percibimos son su rápida y creciente modernización y la fuerte inversión extranjera del ultimo quinquenio, que perdura a pesar del efecto Tequila, felizmente ya superado.

Las fuertes inversiones en petróleo, minería y agroindustria evidencian la rápida percepción del potencial argentino en recursos naturales.

Pero ¿qué pasa con nuestros recursos humanos?

Esta es una buena oportunidad para que un empresario argentino reflexione sobre el futuro de los recursos humanos del país en un mundo globalizado. En este caso la ocasión es casi un mandato para quien tiene el honor y la responsabilidad de ser bisnieto de Manuel Láinez, gran promotor de la escuela argentina.

Mis abuelos vivieron también un proceso de globalización que incorporó las pampas argentinas al mundo de entonces. Fue un proceso más limitado que el actual, pero no exento de desafíos y angustias.

En aquel entonces se recibían grandes inversiones económicas del exterior, pero era tarea de los residentes elevar el nivel de educación que permitiera optimizar el uso de la nueva tecnología de entonces y así lograr que el nivel de vida de los argentinos fuera uno de los más elevados del mundo.

Hacía ya medio siglo que la sabia Constitución Nacional exigía a las provincias que aseguraran la enseñanza primaria a través de la Ley 1.420, de enseñanza obligatoria, que había sido promulgada por el presidente Domingo Faustino Sarmiento.

Pero faltaban escuelas, que no dejan de ser empresas con un producto final sublime: la formación de los niños argentinos.

Mi bisabuelo tuvo el honor de propiciar las “Escuelas Láinez”, que con más de un millar de establecimientos poblaron con cultura al interior del país.

Ya en 1996, la educación primaria no es suficiente para competir en un mundo globalizado. Nuestra generación anterior contribuyó a modernizar la universidad y para mi familia fue un alto honor que mi padre pudiera participar con otros empresarios en la promoción de esta casa, la Universidad Argentina de la Empresa (la UADE), hoy una realidad.

En pocas décadas Argentina progresa también en educación, con sus iniciativas de posgrado que hoy preocupan a las mejores universidades del país. No se trata de una demorada ampliación de nuestro sistema educativo, sino de perfeccionar la formación de nuestra juventud para que sea activa en esta nueva era. Nos incorporamos a la globalización con recursos naturales y con gente capacitada, aún cuando nos falte recuperar mucho en este último aspecto. ¿Pero tenemos empresarios para un mundo globalizado? Existe un verdadero consenso del importante papel desempeñado por los empresarios en el diseño del Estado Argentino moderno mediante el aporte de ideas y métodos y la toma de riesgo.

Este consenso se refleja en que la gente ha dejado de ver al empresario como un simple oportunista o prebendista. Hoy la sociedad deposita en las empresas la expectativa de un mayor crecimiento de la economía, de la generación de puestos de trabajo, de la creación de productos y servicios que mejoren la calidad de vida y, por consiguiente, de mayor bienestar para más cantidad de personas.
El empresario es un reconocido actor del cambio porque tomó riesgos y compartió la vanguardia en el compromiso de la modernización.

 

 

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